miércoles, 1 de abril de 2015

Capítulo 5: Perge Mecum In Karelia

Toc, toc, toc.

La alborotada cabellera de mi hermano mayor, Nico, asoma por la puerta, seguida de sus ojos curiosos pero cansados, y una sonrisa triste.

-Pasa.

Nico camina, encorvado como siempre, como acomplejado por su altura, por mi habitación. Se sienta en la cama, a mi lado, y me quita los cascos de las orejas con cuidado.

Le miro a los ojos un momento, pero no le detengo.

-A veces el silencio también es necesario.-Me dice. Se tumba, cerca de mí, y los dos miramos al techo. Un techo blanco y frío, que noto algo más familiar, porque Nico está aquí. Entre nosotros hay complicidad, un silencio lleno de recuerdos, de secretos, de confidencias y miradas furtivas, de risitas tímidas y carcajadas limpias.

 Y por un momento, volvemos a ser los niños que fuimos varios años atrás.

-¿Te acuerdas de cuando nos escondíamos debajo del árbol de navidad, y mirábamos desde abajo sus ramas?

El recuerdo de aquellas tardes invernales al lado de mi hermano me arranca una sonrisa. Sí, las recuerdo muy bien, Nico. Cuando éramos tan pequeños que cabíamos los dos bajo aquel árbol, que nos parecía mítico, legendario,  y sentíamos que nos refugiaba de todo.

-Cómo olvidarlo…-Contesto.

-Cuando estabas allí conmigo, Sam, se me olvidaba todo. Era como si tú y yo, bajo aquel árbol, nos trasladáramos a nuestro mundo secreto, donde solo importaba jugar y estar siempre juntos, solo nosotros.
Se me vienen a la mente los momentos en los que Nico y yo nos escondíamos del mundo bajo el abrazo del árbol, jugábamos a irnos a otros universos, solo él y yo. Teníamos hasta una contraseña secreta, un conjuro, un par de palabras que nos enseñó nuestro abuelo hace muchísimo tiempo. Un par de palabras que lo significaban todo para nosotros, que lo eran todo.

Y yo ahora no las recuerdo.

Nico me mira, leyéndome la mente, y sonríe.

-Perge mecum…

-in Karelia.

Las palabras salen solas de mi boca, como premeditadas, para complementar ese hechizo nuestro. Y al instante una sensación de paz me inunda, y solo me apetece quedarme allí, con Nico, y volver a nuestra infancia, despreocupados.

-Todavía recuerdo la pataleta que pillaste cuando tuvimos que tirar el árbol.-Dice Nico, y casi puedo oír su sonrisa.

Yo sonrío y le miro, avergonzada.

-Con ese árbol se fue mi niñez, y nuestros mundos.

Noto que me mira, y le miro yo a él. Pensativo, levanta el dedo índice y lo coloca sobre mis labios.

-Estás muy, pero que muy equivocada. -Frunzo el ceño, extrañada ante la respuesta.- Lo único que se llevaron de nuestra casa aquel día fue un juguete roto, vacío. Un montón de piececitas que no tenían nada de especial.

-¿Cómo que nada de especial? ¿Es que lo que pasábamos allí no es nada para ti?

Él vuelve a poner su dedo en mis labios, y me manda callar.

-Eh, Sam, shh. No lo veas así. Aquellos momentos, tu niñez, y tu ilusión, todos se quedaron aquí,- Dice, poniéndome el dedo índice en el pecho.- Ellos nunca estuvieron atados a nada material, a ningún juguete. Nunca se fueron. Podríamos sacarlos de nuevo, si quisiéramos, tú y yo, bajo nuestro árbol.-Dice, mirando al techo.

Y yo sé que lo que está diciendo es una gran metáfora a nuestra situación. Da igual la ciudad, los amigos y la casa. Solo necesito a mi familia, y repetir aquellas tardes bajo el árbol, en cualquier otro sitio, solo gracias a nuestro hechizo, a nosotros.

Nico me sonríe con dulzura, después levanta la mirada al techo, y cierra los ojos. Su rostro, sereno, me transmite una paz que hacía años que no sentía.

Cierro los ojos, y tanteo en las sábanas, buscando la mano de mi hermano. Nuestros dedos se encuentran y noto su calidez como un bálsamo en mi piel. Aprieta mi mano, con dulzura, y yo siento que nada podría salir mal.

Y una calidez dentro de mí hace que aprecie a Nico más que nunca. Y que me odie por no haber sabido apreciarlo antes.

Pasamos un rato en silencio, donde sobran las palabras y bullen los recuerdos.

-Tienes que reconocer que la ciudad no está tan mal…-Me susurra, con complicidad.

Y yo me doy cuenta de que tiene razón. Da igual en qué casa estemos, a qué ciudad nos mudemos.  Solo necesito estar con mi gente, bajo mi árbol.

Y sonrío.










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