sábado, 14 de febrero de 2015

Capítulo 3: El Jack Daniel's

Mi familia y yo nos sentamos en silencio alrededor de una pequeña mesa de madera, redondeada y cálida, pero que a mí se me hace fría, demasiado pequeña,  incómoda.  La lámpara nos ilumina desde arriba, haciendo de nosotros algo parecido a un cuadro de Van Gogh, con sus mismas expresiones, rasgos duros  y tristes.

Solo se oía el tintineo de los cubiertos  en los platos, en un ambiente crudo y tenso, pero también cansado y triste.

Levanto la vista con disimulo para mirar a la familia en la que me he criado. EL foco cenital acentúa los rasgos cansados de mi madre, sus ojeras, sus arrugas, los profundos surcos que cruzan su frente, como huellas del tiempo, de la experiencia.

Mi padre, mientras, con el mentón bajo y los nudillos blancos, come, despacio, obviamente con la mente en otro lugar, preocupado y apretando los labios.

Las miradas de mi hermano y mía se cruzan, y noto como intenta ocultar sus ojos, rojos, hinchados, y acuosos.  Le tiembla el labio. Y ya ha empezado con su tic de mordérselo para parar el temblor que delata sus sentimientos. Va a llorar.

Durante un momento me veo reflejada en él, un niño con miedo que se da cuenta de que ha vivido engañado, metido en una burbuja, obstinado en salir de ella, y, una vez fuera, derrotado ante una realidad que le viene demasiado grande. Justo como a mí.
Subo a mi habitación tras una cena silenciosa, muda, y después de cerrar el pestillo, me refugio entre las sábanas.

De nuevo, me da un ataque de rabia, y me niego a aceptar mi realidad. Presa de la furia, y aún consciente de la inmadurez de mi reacción, salgo de la cama, silenciosa. Abro la ventana con cuidado y la cierro tras de mí. Me deslizo por el tejado, apenas alto, y salto al suelo, no sin cierto dolor de tobillos por la caída.  Me alejo de la que ahora es mi casa, sin saber muy bien qué rumbo tomar. Qué carajo, no tengo ni idea. En poco tiempo, llego a un parque. Me pongo la capucha y me siento en uno de los bancos que están sumidos en la oscuridad, por si acaso pasan por aquí los Civiles. Después de mirar a ambos lados, saco de mi bolsillo un Malboro Mentolado.  Ah, cuánto lo necesitaba.  Llevaba sin probarlos varios meses, pero hoy, lo necesitaba.  Con un leve titubeo, me lo coloco entre los labios, e intento torpemente encenderlo con un mechero barato, que apenas  tiene  gas, pero sirve para encenderlo.

Doy una calada profunda, y suelto el aire, cerrando los ojos con fuerza. 

-¿En serio? ¿Un mechero de marca blanca?-Suena una voz sarcástica, con un estúpido acento londinense, casi en mi oído.

Levanto la mirada, asustada, y casi pierdo el equilibrio. Un chico está inclinado, casi sobre mí, con una mirada curiosa y a la vez sarcástica, irónica e incluso prepotente.

-Ten, toma, prueba mi Jack Daniel’s, está hecho en París, con el mejor  gas del continente.-Dice el chico, sacando el mechero de plata de su sudadera, blanca y ancha, y lo enciende con un leve movimiento de 
muñeca.

Reacciono rápido, y aparto su mano de enfrente de mí.

-No necesito tu mechero de plata, imbécil. Lárgate.

Pero el chico no se mueve. Aprovecho, y me fijo más en él. Lleva converse, unos  vaqueros  rasgados , y la capucha sobre su pelo negro, largo y revuelto.  Una mirada desafiante y una media sonrisa, retándome.

-No estoy para bromas, chico. Enserio, lárgate.

Se sienta a mi lado, a una distancia prudente, incomodándome aún más. Me alejo con disimulo, pero él sigue mirando al frente, calmado.

-¿Problemas con tu churri?- Dice, despacio.

Le miro con cara de incredulidad, y le enseño el dedo corazón. Su única respuesta, una risa suave, que se me antoja incluso triste.

-Es la familia entonces.- Siento una puñalada de dolor. Ha dado en el blanco.

-A tí eso no te importa.-Digo, intentando sonar tranquila, evadiendo la realidad. –Ahora  vete y déjame terminar mi cigarrillo en paz.

-Si no quisieras  contárselo a alguien, ya te habrías ido.

Nada más oírlo, sé que tiene razón.  Me molesta que un desconocido me conozca más que yo misma. Y las palabras, ante un estímulo como éste, salen solas.

-Es mi jodida familia. Yo tenía una vida perfecta, ¿sabes? Tenía novio, amigas, y una alucinante vida social por una maldita vez. Y me lo han quitado. Me han hecho mudarme a este asco de barrio, solo para quitarme mi vida, ¿sabes  lo que me costó que James se fijara en mí? Lo han hecho solo para fastidiarme, lo sé. Los odio.-Termino, casi atropelladamente, con un suspiro de resignación.

No me molesto en mirar al chico. Siento su mirada en mí.

-¿Cómo puedes ser tan estúpida?-le miro, atónita. Su mueca es de asco, notable aún con su perfecta pronunciación, y su cara de incredulidad. -¿Sabes lo que daría yo por tener una  familia como la tuya?

De nuevo, un detonante para mí.

-¿Una familia como la mía? ¿Que te quita tu vida sin ninguna razón? Oh, sí, tómala. Toda para ti. –Digo, dando otra calada al cigarro entre mis dedos. 

-No, una familia que cuida de ti, que te protege y evita que la niña de mamá y papá –dice poniendo una estúpida voz de pito- sufra el más mínimo rasguño.  Enserio, ojalá supieras lo que tienes. Pero no lo sabrás hasta que lo pierdas.  Despierta, estúpida niña mimada. Ven a la realidad de una maldita vez.

Me deja anonada por su carácter enfurecido, , tanto, que apenas puedo moverme o reaccionar cuando veo que tira de su capucha hasta taparle los ojos,  y con los labios apretados, se da media vuelta y se marcha a paso ligero, quedando oculto entre las sombras.

Estupefacta, me quedo un rato en silencio, mirando a la nada, reflexionando sobre sus palabras, que para mí no tienen ningún sentido.

Así, el cigarrillo acaba por consumirse entre mis dedos,  y, perdida la noción del tiempo en aquel banco, decido volver a mi casa, a paso lento, aún reflexionando.

Ya en mi cama, me da por pensar una última vez en el encuentro con el extraño chico encapuchado.  No le doy muchas vueltas al hecho de que estuviera allí tan tarde, ni a que empezara a hablarme, probablemente él venía de casa de alguna chica y simplemente se aburría. Lo que no me deja dormir son sus palabras. Lo que ha dicho sobre mi vida… sobre mi “falsa realidad”… Y durante un momento no puedo evitar preguntarme si tendrá razón.

Los rostros de mi gente pasan por mi mente. James, mis amigas, la gente de mi instituto, mi gente, mi círculo… Y por último, veo a mi familia, ensombrecida por mi realidad idílica, con sus rostros cansados, sus miradas de tensión, de angustia, de rendición… Y detrás de ellos me veo a mí, ignorante, siempre metida en su burbuja, protegida de la realidad con una máscara de mentiras bonitas, de gente falsa. Todo ha sido una gran mentira.

Levanto la vista poco a poco, a medida que empiezo a ver las cosas de otra manera.

Cómo he podido ser tan ingenua.


Y me sumerjo en un sueño poco profundo, poblado de rostros confusos, realidades alternativas, y un Jack Daniel’s cuya mecha se acerca peligrosamente a mí.

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